En la segunda entrega de esta sección, Juan Carlos Scelza analiza la
dimensión universal del fútbol y las ramificaciones sociológicas que
encierra un símbolo sagrado para los uruguayos.
Escribe: Juan Carlos Scelza
Ogasawara, a diez minutos del final. Parecía que ni el alargue
cambiaría el 0 a 0, pero llegó acompañado de festejo por la obtención
del título. 8 de diciembre: Kashima Antlers era el nuevo monarca del
país que seis meses después sería anfitrión del Mundial 2002.
Exactamente una semana antes, en la coreana Busan, el bolillero había
indicado que Uruguay debutaría ante Dinamarca el 1 de junio. Durante
quince días, junto a Ariel Téllez, recorrí las ciudades y los estadios
del exótico campeonato compartido que nos esperaba.
Si el estadio de Kashima, ese de la final que acabábamos de observar,
impactaba, la recorrida no dejó de sorprendernos. Arquitectura, diseño,
tecnología, presentaban estadios que salían de lo común. Saint-Denis,
con sus tribunas retráctiles, deslumbró en el 98, dando un quiebre a los
modelos convencionales presentados hasta ese entonces. Las nuevas
versiones mundialistas permitieron acompañar el progreso de escenarios
que bajo millonarios requisitos de la FIFA -la mayoría, inversiones de
500 millones de euros- siguen ciertas coordenadas, y que asemejan su
estructura a naves espaciales y sus comodidades a las de lujosos
shoppings u hoteles 5 estrellas.
Con el despliegue de “Fanáticos”, en la última década hemos recorrido
cada rincón de los más encumbrados estadios del mundo. Old Trafford o
la Bombonera, Maracaná o el Allianz Arena, San Siro, el Camp Nou,
Wembley, el Azteca… Y ahora en unos meses nos esperará, cuando se abran
las fronteras, conocer la nueva e impactante versión del Santiago
Bernabéu.
¿Qué representa el Estadio Centenario? Esta vez era yo el que tenía
que responder a la pregunta de Felipe Abuchalja, tras la invitación a
participar del documental de los 90 años del Centenario, que se
cumplirán en pocos meses. Tratando de no caer en lugares comunes, pero
con la sinceridad de siempre, no dudé en decir que por años fue mi
segunda casa. Fue el primer contacto con el fútbol, el empujón a la
vocación, la elección de una atrapante profesión de la que jamás quise
separarme. Fue, también, la primera transmisión, y la barra de amigos
del barrio y del colegio compartiendo la tribuna.
Es verdad que el lujo de la arquitectura de avanzada presentada por
el arquitecto Scasso se ha desplomado por la falta de recursos. Dejadez,
desidia y falta de visión han conspirado desde hace ya varias décadas
para lograr el cruel deterioro que se padece. Claro: el Centenario tiene
lo que otros envidian. Va para cien años, y en él vive la historia en
cada rincón.
El Estadio es el gol del “Manco” Héctor Castro el 18 de julio del 30
ante Perú, cuando el cemento todavía estaba fresco y el festejo del
“Chengue” ante los australianos no significaba siquiera una posibilidad
remota. Es el primer gol de la Libertadores anotado por Borges y la
primera Intercontinental de todos los tiempos con la visita del Real
Madrid. El “manicero” haciendo los cucuruchos de papel de diario en la
Platea América. Y, en épocas en que se podía, el tradicional grito de
“Cigarrrrroooooo” del vendedor de la Olímpica.
El paso apurado por el Parque Batlle de los impuntuales que no se
quieren perder el comienzo del partido, los buses que llegan tempranito
portando la ilusión de cientos de hinchas que vienen desde el interior
para acompañar el suceso celeste de los últimos tiempos. Y los cuatro
goles de Suárez a Chile en su gran noche de 11 del 11 del 11, el
cabezazo de Ancheta para meter a la celeste en México 70, el “limonazo”
del “Chicharra” Ramos, la primera vuelta olímpica en la historia
mundialista con Nasazzi a la cabeza y, cincuenta años después, la
“agachada” de Victorino que significó la Copa de Oro.
Haciendo un programa en medio de un homenaje que le realizaban en una
de las tantas cantinas céntricas de Buenos Aires, Ricardo Bochini, el
gran talento de Independiente, me confesó: “¿Sabés lo que era jugar de
visitante en el Centenario? Era bravísimo”. Si lo dice él, que debutó en
Montevideo en la final que el «Rey de Copas» le ganó a Colo Colo en
1973, no hay nada más que agregar.
El Centenario es doblete de Zico en la conquista de Flamengo, el
zapatazo del “Chango” Juan Carlos Cárdenas ante el Celtic, la
sorprendente aparición del Estudiantes de los alfileres o el penal que
tapa el “Loco” Hugo Gatti para que Boca gane su primera Copa.
Es el inconfundible aroma a café, los “garroneros” de cada tarde
esperando al dirigente de turno en la puerta del palco oficial, los
taludes repletos y la policía montada intentando impedir la coladera
para la tribuna. Es el viejo “placard” de la Amsterdam en el que se
colocaba manualmente el gol de ese partido, y el del resto que se jugaba
al mismo tiempo en otras canchas.
Sería para la curiosidad de la época, y seguramente la mayoría lo
desconoce, la larga subida a los vestuarios que estaban en los ángulos
superiores de la Tribuna Olímpica. Es la emoción indescriptible del
himno cantado por todos y la bandera desplegándose en la Torre de los
Homenajes (emblema único e identificativo del “monumento al fútbol
mundial”). Son los goles de Luis Artime ante los griegos, y de Pepe
Sasía ante el Benfica, para los triunfos intercontinentales de los
grandes.
Visitantes de lujo: Messi, Ronaldinho, Ronaldo, Rivaldo, la Alemania
campeona de los 90, el joven y encendido Maradona del 79, el Torpedo de
Moscú, Rummenigge, Bonhof, Allofs y Shumacher. El enorme Sócrates
empatando la final del Mundialito, Pelé conquistando su gol 1001 en la
Supercopa del 69, la Italia que se aprontaba para ganar el Mundial de
España con Tardelli, Graziani y Antognoni. Los hermanos Van de Kerkhof.
El inglés Kevin Keegan en los 80, Riquelme, Passarella, el “Beto”
Alonso, Tévez, Tostão, Gerson o Clodoaldo.
También pisaron su gramilla el gran Eusebio, Hugo Sánchez y la famosa
Inglaterra de los años 50, Garrincha, Romário, Bebeto, Alfredo Di
Stéfano con su poderoso Real Madrid -y sin tanta prensa como ahora-,
Stábile o Peucelle en la final del 30, Lev Yashin o el húngaro Puskás a
comienzo de la década de 1960.
El Estadio Centenario es cobijarse de la tormenta bajo las alas de la
Torre, y la transformación de las cabinas y de la parte superior de la
América para recibir a los campeones del mundo en 1980. Es la ansiosa
espera del vestuarista para conseguir por lo menos a la pasada el saludo
del ídolo. Son horas y horas de cables, conexiones, móviles y
camarógrafos haciendo las pruebas para que la trasmisión salga
impecable. Las torres de luces amarillentas que teñían los partidos
nocturnos, la “murguita” de Nacional que llevaba el platillo y el
redoblante al balcón inferior de la Olímpica, y la bandera de Peñarol
con once lucecitas alimentadas con la batería de un auto que simulaba
estrellas en la parte central de la tribuna.
Bajar del auto al son de “una chapita pa’l vino”, el arte único -casi
un malabar- de los locutores que al mismo tiempo dan vuelta el fichero,
leyendo la publicidad a gran velocidad y teniendo el micrófono, los
parlantes que te dicen que “Cativelli es Cativelli”, que “Paterson y yo
vamos a la playa”, mientras los chicos “Sanforizados” alcanzan la
pelota. Los mismos chicos que saben que, cuando llegue el cambio de
futbolistas, habrá “uno más para atender”.
Son los récords del “Potrillo” Fernando Morena, primero 34, después
36 y hasta 7 goles en un mismo partido. “El Bigote” y su récord clásico.
Los zapatazos de Pedro Rocha, de Ambrois y de Bibiano Zapirain para
distintos Sudamericanos. El “Juvenil de Plata” del 79, de la mano de
Raúl Bentancor y de Esteban Gesto. La pegada de Bengoechea en la final
ante Brasil, el penal del “Manteca” Martínez y el que le ataja Álvez a
Túlio en el consagratorio 1995.
Claro que el Centenario se ha venido abajo, y es una responsabilidad
de todos, que no excluye a gobiernos departamentales de turno de varias
décadas ni a la dirigencia de la AUF. Nadie se detuvo para darse cuenta
de que el mundo de los espectáculos iba en otro sentido, y de que los
grandes, tarde o temprano, llevados por las nuevas coordenadas
económicas, lo iban a dejar huérfano.
Respeto, pero no me sumo, a la utópica versión de un Mundial en el
año 2030. Aunque sí creo y apoyo firmemente la búsqueda de la
recuperación de un estadio que es mito y leyenda en el mundo. Y estoy de
acuerdo con el contador Ricardo Lombardo, en el sentido de que a los
cien años de su apertura, necesariamente deberán abrirse las puertas
para interesar a capitales extranjeros. Es más: soy de los que sostienen
que Uruguay debe solicitar la realización de la segunda edición de la
Copa de Oro, como ocurrió en el cincuentenario del Mundial. Y eso,
créanme, es bastante más sencillo e igual de redituable que la quimera
de ser una de las sedes de la Copa del Mundo.
Mientras Torque se hace local de tribunas vacías, y con el desafío de
mejorarlo y proyectarlo, el Estadio seguirá siendo siempre el corazón
del fútbol uruguayo, aun cuando fue capaz de ponerse los guantes de
“Dogomar”, maravillarse con los Globetrotters, recibir a Alfredo
Zitarrosa tras el exilio, abrirles las puertas a Los Olimareños, y
admirar a los Rolling Stones y a Paul MacCartney. O hasta cobijar el
Concurso de Carnaval o la última etapa de varias Vueltas Ciclistas.
Es el Centenario, la cita obligada del domingo después de los
ravioles familiares. Es bandera, papel picado y compartir un par de
horas con desconocidos de la vida, pero compinches de tribuna. Es pasión
de todos, hasta de aquellos a los que, por haber estacionado apurados,
los parlantes los convocaron en pleno partido: “Se comunica al conductor
del coche matrícula… presentarse en puerta del Palco Oficial”.
No parece poco, ¿verdad?